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viernes, 12 de abril de 2019
JESÚS PADECIÓ EL CALVARIO EN LA CRUZ...POR AMOR Y SALVACIÓN DE LA HUMANIDAD... ABRIENDO EL CAMINO A LA ETERNIDAD...
Cada respirar es un milagro, cada minuto que pasa es una oportunidad y cada vida un tesoro que nos entrega Dios... Vive cada segundo con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.” (Col 1:12-14) y ayuda a que cada cual descubra las bendiciones del Señor...
De la ciudad de Jerusalén, salían dos caminos, uno de ellos, bajaba a la ciudad de Jericó, una ciudad comercial, era un camino peligroso porque en él se escondían ladrones y delincuentes que aprovechaban las sombras de la noche para robar, asesinar y violar. Pensaban que nunca iban a pagar por el mal que hacían, que jamás iban a ser descubiertos, aunque sabían que si los detenían, tendrían que subir un día a la montaña del calvario, también llamada montaña de la calavera, para pagar por sus delitos, muriendo en una cruz. Morir de esa manera, era la venganza de la sociedad contra estos hombres perversos e incorregibles.
La crucifixión era una muerte planeada, fría, cruel y terrible. El delincuente era clavado sobre el madero y luego la cruz era levantada. Lo cruel de este método es que nadie muere porque le perforen las manos y los pies, ya que no son puntos vitales para una muerte inmediata.
La crucifixión era un castigo para que el hombre, sufriese antes de morir, la persona quedaba clavada en la cruz y podía resistir dos o tres días antes de morir. Durante todo este tiempo, estaba semidesnudo expuesto al sol del día, que lo quemaba la piel, la lengua se pegaba a su paladar, la sangre que manaba de sus heridas se coagulaba y las moscas eran atraídas a montones. Sólo podía mover su cabeza y cuando llegaba la noche el viento helado de la montaña castigaba su cuerpo como un latigazo, cuando el sol del nuevo día salía ya no podía soportar más el dolor y el sufrimiento; y suplicaba a los soldados que le dieran un poco de agua, o que terminaran con su vida. Era preferible morir a seguir sufriendo.
Lamentablemente la ley no permitía ningún tipo de ayuda, por lo que la muerte debía producirse lenta y progresivamente. Cuando el condenado suplicaba por su pronta muerte, el soldado le respondía: ¿Te acuerdas cuando aquella pobre mujer te suplicaba que no matases a su hijo y a su esposo? Tú te burlabas de ella y no le hiciste ningún caso. ¿Y ahora nos pides ayuda? Tu destino está marcado, vas a morir lentamente porque queremos verte sufrir hasta el final.
Estos delincuentes son el típico ejemplo del ser humano, quemado por el sol de la conciencia que lo martiriza y atormenta día y noche, azotado por el viento helado de los complejos y culpas del pasado, que lo castigan permanentemente. ¿Adónde podrán ir, dónde podrán esconderse de su propia conciencia?
¿Duro, cruel, inhumano…? Pues así, de esta manera murió Jesús, el hijo de Dios, el hombre perfecto, sin pecado, con una conciencia limpia y transparente, murió como el peor de los asesinos sólo por quebrantar las leyes de los hombres de Jerusalén y sus tradiciones.
Junto a Él estaban dos ladrones; uno lo desafiaba diciendo: Si tú eres el Hijo de Dios sálvate y sálvanos. Típica actitud del hombre que le pide a Dios que le saque los clavos de su conciencia para poder seguir haciendo lo que le da la gana. No le importa, ni le interesa arrepentirse, ni pedir perdón por el mal hecho, por el pecado que llena su corazón de odio y muerte, .Sólo aspira a bajarse de la cruz para continuar asesinando y robando.
El otro, no sólo vio a un hombre a su lado, vio más allá, tuvo la capacidad de ver la divinidad de Jesús y no sólo su humanidad. Quizás había escuchado a Jesús en alguna ocasión, aunque no le había hecho demasiado caso, pero en su situación, en este momento extremo de su vida le gritó: «Jesús, no te olvides de mí cuando comiences a reinar. Jesús le contestó: Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» Lucas 23: 42/43
Jesús pasó por esta horrible muerte solamente por amor a nosotros y con el propósito de morar en nuestros corazones. Simplemente debes reconocerlo como el Señor de tu vida y como tu Salvador personal.
«Haz como el ladrón que no vio a Jesús como hombre sino como Dios, no pongas tu mirada en las cosas de este mundo, las que se pueden ver y tocar, sino en las espirituales, en las cosas de Dios...
Porque tú Señor, bendices a los justos y los proteges con tu escudo de buena voluntad, bendice a esta persona, que hoy se encuentra en una situación difícil y necesita de toda la ayuda que puedas darle.
De todo corazón quiero con este mensaje desearles, que Dios les dé todo lo que necesiten, que cumplan todos sus sueños y que llenen su vida de prosperidad...Que Dios les bendiga y guarde siempre, qué este día sea de grandes bendiciones para su vida y la de su familia. Amén.
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sábado, 31 de marzo de 2012
PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS. EN TEXTO, POWERPOINT Y DISEÑOS.
Pasión y Muerte de Cristo — Presentation Transcript
- PASIÓN Y MUERTE En la Muerte de
- Jesús, por encima de las causas
- inmediatas históricas -el Sanedrín, Pilato,
- los soldados- hay una causa de nivel más
- alto que sólo puede ser conocida por la
- revelación : el plan y la disposición de
- Dios que han permitido los actos nacidos
- de la ceguera de los hombres para
- realizar el designio de nuestra salvación .
- Dios quiere que el hombre se arrepienta
- del pecado y exprese su arrepentimiento
- interior con obras externas de penitencia,
- obras de entrega a la voluntad divina.
- Las penas derivadas del pecado se
- ordenan a la reparación del mismo. Dios
- las permite porque son medicinales y se
- ordenan a un bien mayor: la vida
- sobrenatural .
- PASIÓN Y MUERTE. En el plan
- divino, el dolor purifica el alma, quita el
- obstáculo de la propia voluntad que nos
- apartó de Dios, sirve, con la ayuda de la
- gracia , para reparar el desorden del
- pecado en el hombre. El sufrimiento ,
- secuela del pecado original , recibe un
- sentido nuevo con la obra salvífica de
- Cristo. La reparación plena de los
- pecados de los hombres se da por la
- Pasión y Muerte de Cristo. Dios Padre no
- es causa directa de la Muerte de su Hijo.
- La permitió porque de ahí vendría un
- bien mayor . Entregó a Cristo a la Pasión
- y Muerte porque según su eterna
- voluntad las dispuso para reparar los
- pecados del género humano. Valor
- inmenso de la salvación de las almas
- para Dios. PASIÓN Y MUERTE
- PASIÓN Y MUERTE, 3 Autores de la
- Pasión de Cristo (su causa eficiente): los
- que tenían la intención de matarlo, lo
- condenaron y le hicieron sufrir los
- tormentos que produjeron su muerte .
- Detrás de ellos actúa Satanás , homicida
- desde el principio (cfr. Jn 8, 44 ). Pero
- también los pecadores son autores de la
- Pasión: “la Iglesia no duda en imputar a
- los cristianos la responsabilidad más
- grave en el suplicio de Jesús”
- “Aunque las autoridades de
- los judíos con sus seguidores
- reclamaron la muerte de Cristo, lo que se
- perpetró en su pasión no puede ser
- imputado indistintamente a todos los
- judíos que vivían entonces ni a los judíos
- de hoy (...). No se ha de señalar a los
- judíos como reprobados por Dios y
- malditos como si tal cosa se dedujera de
- la Sagrada Escritura”.
- PASIÓN Y MUERTE
- Cristo aceptó libremente su Pasión y
- su Muerte por amor a su Padre y a los
- hombres que el Padre quiere salvar. Se
- entregó libre y voluntariamente a la
- Pasión, por amor nuestro. Pero esa
- entrega no significa en modo alguno que
- se matara a sí mismo , sino que no
- impidió , pudiendo, la acción de los que
- le ajusticiaron. Flp 2, 8 : “Se humilló a sí
- mismo haciéndose obediente hasta la
- muerte , y muerte de cruz”. Se trata de
- una obediencia vivida por amor . El
- verdadero amor a Dios se muestra
- cumpliendo libremente su voluntad .
- PASIÓN Y MUERTE
- 6. PASIÓN Y MUERTE, 5 Jesús padeció
- por parte de los judíos , de los gentiles
- y de los que le seguían (Judas, Pedro,
- abandono...). Padeció en su alma : todos
- los pecados de los hombres, tristeza y
- temor ante la muerte cierta, caída de
- Judas , escándalo de sus discípulos ,
- humillaciones , injusticias, burlas e
- insultos. Padeció en su cuerpo :
- flagelación, coronación de espinas,
- crucifixión, agonía en la cruz hasta la
- muerte.
- 7. PASIÓN Y MUERTE, 6 “ Mérito ” es el
- derecho a un premio o retribución por
- una obra realizada. Con relación a Dios ,
- el hombre propiamente no tiene ningún
- derecho ante Dios. Si puede merecer algo
- ante Dios, es porque Él previa y
- libremente ha establecido retribuir al-
- gunas acciones nuestras nacidas del
- amor . No apa- rece la palabra en la
- Escritura, pero sí su contenido . Todas
- las acciones de Cristo son meritorias
- (nacen de su amor y li- bertad) y obtienen
- del Padre nuestra salvación . Pero en su
- Pasión mereció de modo particular .
- Cristo mereció la vida sobrenatural para
- todos los hombres y para todos la gracia
- que quita el pecado: se ofreció por
- nosotros como Cabeza nuestra.
Pasión y Muerte de Cristo
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Cuando tu corazón está puesto en Cristo, eres un enemigo del pecado, por causa del amor y no porque temes el castigo. Los sufrimientos de Cristo deben ser un ejemplo para toda tu vida. Debes meditar en ellos de otra forma. Hasta ahora hemos considerado la pasión de Cristo como un sacramento que obra en nosotros. Ahora queremos considerarla de otra forma, como algo que obra en nosotros cuando sufrimos. Cuando llegue el día en que la enfermedad y el dolor pesen sobre ti, piensa cuán poco monto es en comparación con las espinas y los clavos de Cristo. Si tienes que hacer algo que no quieres, o no puedes hacer algo que quieres, piensa cómo Cristo fue conducido por otros, atado como prisionero. ¿Te hiere el orgullo? Piensa cómo el Señor fue burlado y avergonzado en compañía con los asesinos. ¿Te llegan pensamientos negativos a tu mente? Piensa en qué amargo fue para Cristo que se le rompiera su tierna carne, fuera lacerado y azotado, una y otra vez. ¿Hay odio y envidia luchando en ti, o buscas vengarte? Recuerda cómo Cristo oró por ti, y por todos sus enemigos, con muchas lágrimas y gritos. ¡Él tuvo más razón que tú para buscar la venganza! Si algún problema o adversidad te molesta en cuerpo o alma, ¡ten ánimo! Di: “Por qué no debo yo también sufrir un poco, puesto que mi Señor sudó sangre en el huerto a causa de su angustia y dolor?...
Cuando tu corazón está puesto en Cristo, eres un enemigo del pecado, por causa del amor y no porque temes el castigo. Los sufrimientos de Cristo deben ser un ejemplo para toda tu vida. Debes meditar en ellos de otra forma. Hasta ahora hemos considerado la pasión de Cristo como un sacramento que obra en nosotros. Ahora queremos considerarla de otra forma, como algo que obra en nosotros cuando sufrimos. Cuando llegue el día en que la enfermedad y el dolor pesen sobre ti, piensa cuán poco monto es en comparación con las espinas y los clavos de Cristo. Si tienes que hacer algo que no quieres, o no puedes hacer algo que quieres, piensa cómo Cristo fue conducido por otros, atado como prisionero. ¿Te hiere el orgullo? Piensa cómo el Señor fue burlado y avergonzado en compañía con los asesinos. ¿Te llegan pensamientos negativos a tu mente? Piensa en qué amargo fue para Cristo que se le rompiera su tierna carne, fuera lacerado y azotado, una y otra vez. ¿Hay odio y envidia luchando en ti, o buscas vengarte? Recuerda cómo Cristo oró por ti, y por todos sus enemigos, con muchas lágrimas y gritos. ¡Él tuvo más razón que tú para buscar la venganza! Si algún problema o adversidad te molesta en cuerpo o alma, ¡ten ánimo! Di: “Por qué no debo yo también sufrir un poco, puesto que mi Señor sudó sangre en el huerto a causa de su angustia y dolor?...
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martes, 20 de marzo de 2012
CUANDO LAS TORMENTAS DE LA VIDA ME ATRAPARON Y ME ENVIARON A LA OSCURIDAD. JESÚS ENVIÓ SU LUZ Y ME HABLO.
Cuando sumida estaba yo en mis angustia y en mi dolor, y no había motivación en mi vida para que yo viera la luz. Mis problemas, enfermedades, mi economía y mi familia, todo se convertía en una tragedia que me dolía. Un día, cansada de tanto luchar al suelo fui a dar, sin fuerzas, sin lágrimas que derramar. Le decía a mi Cristo; ¡ya no puedo más con esta carga caminar, no puedo seguir con esta tragedia que a mi vida acabará, vengo a ti Señor porque no puedo más y necesito que tú me extiendas de tu paz!...
En mis súplica y en momento de silencio pude sentir un viento recio, y escuché una voz fuerte como la de un trueno que me decía; Hija mía, basta de llorar, no quiero que te lamentes más. Simplemente ve busca una caja, y hecha en ella todas tus tragedias, todo lo que te hace quejar, que a un lugar te he de llevar. Tal como él me pidió, busqué la caja y puse en ella mi economía, mi enfermedad, mi dolencia y todo mi quejar. Entonces aquella voz me decía; ven, sígueme y no te detengas.
Durante el camino pensaba en todas mis afrentas, en todo lo que yo había pasado y que sin fuerza me había dejado. De pronto esa fuerte pero hermosa voz me decía; ven hija mía hemos llegado al sitio indicado, hemos llegado al monte Calvario. Pon tu caja de tragedias en el suelo y extiende tus manos, toca esa tierra, esa tierra mezclada con sangre, esa misma sangre que yo derrame para salvarte, esa misma sangre es con la que te he limpiado de todo pecado, la que te cubre como escudo y nunca te ha fallado.
Ahora extiende tu mano toca ese madero, lo que para mucho es un instrumento de muerte, lo que para mucho significa el final de sus vidas sin suerte. Al pie de esa cruz están todas las tragedias de miles de almas que hoy ven la cruz como símbolo de esperanza. Ahora mira hacia arriba hija mía, ¿puedes ver mi cuerpo abatido? Este sacrificio lo hice por amor y cada vez que tu te afliges me dices que no valió la pena lo que hice por ti. Ahora quiero mostrarte una tumba vacía, porque yo no estoy ahí.
¿Ves esos lienzos blancos doblados? Es porque no los he necesitado. Y tal como aquella cruz, esta tumba, los lienzos y tu caja de tragedias al pie de la cruz son símbolos de tragedia, hoy hija mía, todo eso lo convierto en Victoria.
Yansed Dimary Lasso
sábado, 23 de abril de 2011
Y al tercer día... resucitó
Y al tercer día... resucitó
«Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana.» (1 Co. 15:14)
«El cristianismo es la más sublime de las religiones, sobre todo porque es la religión de la resurrección». Estas palabras del escritor ruso Nicolás Berdiaev en su libro El sentido de la Historia enmarcan el hecho de la resurrección como el rasgo más singular de la fe cristiana.
La resurrección, fundamento de la Iglesia Cristiana
Si los Evangelios se hubieren cerrado con sus relatos sobre la persona y el ministerio de Jesús, hoy tendríamos una colección maravillosa de escritos religiosos; el más precioso, el de Jesús con su vida, sus milagros y sus enseñanzas. Pero su biografía tendría el más oscuro y deprimente de los desenlaces posibles: Jesús se convirtió en víctima inocente por parte del pueblo judío y sus autoridades.
Rechazado y denostado por haberse hecho Rey en el Reino de Dios, fue apresado sin culpa en la colina de Getsemaní y conducido al pretorio para ser juzgado. El gobernador romano, Pilato, el único que podía condenar a muerte, confesó la inocencia del preso. «No veo en él delito alguno»; pero la multitud exacerbada no cesaba de clamar: «¡Crucifícale, crucifícale!». Y Pilato les autorizó la cruel ejecución. Seis horas duró la tortura, al final de las cuales Jesús ya muerto fue depositado en el sepulcro nuevo de José de Arimatea (Mt. 27:57-61).
Así, del modo más desconsolador, tuvieron fin todas las ilusiones de los seguidores de Jesús. ¿Ilusiones? Sí, las esperanzas abrigadas por los apóstoles y sus seguidores estaban fuertemente teñidas de aspiraciones mundanas, de ambiciones inconfesadas de poder temporal. La experiencia de ver a Jesús agonizando en el Gólgota con el más horrible sufrimiento había de afectar la fe en el Maestro procedente de Galilea, iba a originar un desmoronamiento espiritual tan profundo como desgarrador. Así lo confesaron los dos discípulos de Emaus: «Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel». Pero esa esperanza debía ser corregida. Lo que se veía con ojos ofuscados debía ser depurado por la presencia y la palabra del Cristo resucitado. Esa visión totalmente nueva está vinculada a uno de los grandes textos cristológicos del apóstol Pablo que relaciona la muerte de Cristo con su encarnación: Él, Cristo, era el Señor de la gloria, pero «se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, ...y estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, ...para que todo hombre confiese que Jesucristo es el Señor» (Fil. 2:6-11).
De este modo, lo que aparentemente era una derrota sin paliativos vino a ser la más grande de las victorias. Daba la razón a Pablo en otra de sus osadas declaraciones: «Sorbida es la muerte con victoria» (1 Co. 15:54).
Así pues, al considerar la enseñanza bíblica en su globalidad se ve que la importancia teológica de la resurrección de Jesús nunca será ensalzada desmedidamente. Por el contrario, viene a ser el centro y meollo de la revelación. Según el apóstol Pablo, la resurrección es tan decisiva que de su veracidad depende la fiabilidad de todo el edificio de la fe cristiana, porque «si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe» (1 Co. 15:14).
Cristo vive: la resurrección como hecho histórico
En el lenguaje casi hermético de algunos teólogos, vedado a los no iniciados, se observa una predilección innecesaria por conceptos y expresiones oscuras. Pero lo más llamativo y preocupante es que la mayoría de veces desvirtúan la historicidad de las narraciones relativas a la crucifixión, la resurrección y la ascensión. Esta tendencia teológica puede hallarse profusamente en los escritos de nuestro tiempo. He aquí un ejemplo de lo que señalamos: «...la muerte y la resurrección de Cristo son sucesos cósmicos, no incidentes que han tenido lugar en una ocasión y que pertenecen al pasado. Por medio de ellos han sido fundamentalmente desposeídos de su poder, el viejo eón y sus potestades» (R. Bultmann).
Por lo general, las doctrinas contenidas en la Biblia son mucho más nítidas que los conceptos de los teólogos modernos. Al creyente sencillo le resulta mucho más comprensible el lenguaje de la prosa llana que el sofisticado del mito. No es de extrañar, por tanto, que la historicidad de la resurrección se diera como un hecho incuestionable en los primeros tiempos del cristianismo; no sólo los testigos de los días apostólicos, sino incluso los de días sub-apostólicos en los primeros siglos de la era cristiana y subsiguiente nos confirman esta realidad. Ciertamente, una cosa es mirar la resurrección con ojos críticos, otra muy distinta es hacerlo con una mirada agnóstica -casi incrédula- a cualquier fenómeno sobrenatural y milagroso. ¿No es limitar a Dios negar que en su poder y soberanía Él puede actuar de formas sobrenaturales?
Cristo vive en mí: las implicaciones espirituales de la resurrección
Podríamos ahondar más en las evidencias de la resurrección. Es importante disponer de una buena defensa -una apologética- con argumentos persuasivos. Pero ante la resurrección de Cristo no basta con tener buenas evidencias; hay que conocer también sus consecuencias. La historicidad de la resurrección conlleva el poder de la resurrección. Creer en su historicidad es la llave que nos franquea la puerta para contemplar el glorioso paisaje que este hecho implica. No podemos quedarnos en una lectura meramente histórica; es un hecho que tiene unas consecuencias espirituales y existenciales decisivas para cada ser humano. Por esta razón las doctrinas bíblicas más destacadas guardan relación con la resurrección. Cabe señalar, por ejemplo, la contraposición de las dos figuras más determinantes en la historia de la humanidad: Adán y Cristo. Por el primero, el pecado entró en el mundo, por el segundo, la salvación tal como argumenta el apóstol Pablo, una vez más nuestro gran mentor doctrinal (Ro. 5:12-21). A la doctrina de la justificación por la fe, debemos añadir la inmortalidad y la resurrección de los creyentes (1 Co. 15:12-58), esperanza cimentada en la resurrección corporal de Cristo. Mucho podríamos hablar también de la resurrección del Señor en relación con su Iglesia: somos un pueblo justificado porque Cristo fue «entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación» (Ro. 4:25).
Todas estas doctrinas vinculadas a la resurrección no son algo teórico, frío. Tienen una consecuencia gloriosa para nosotros: si Cristo vive, Él vive también en mí. El poder del Cristo resucitado puede operar en cada ser humano una transformación interior semejante a la vivida por los discípulos de Emaús y por los apóstoles. Es una transformación que nos proporciona gozo, nuevas fuerzas y esperanza, la esperanza del Reino eterno de Cristo y la Parusía -el regreso en gloria de nuestro Señor. De tal manera que exclamamos exultantes «ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gá. 2:20).
Ésta es la mejor manera de recordar y honrar la resurrección.
José M. Martínez
(http://www.pensamientocristiano.com)
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